No escribas frases
El minuto no es para redactar. Cuatro o cinco sustantivos, uno por punto, es todo el plan: cualquier cosa más larga la vas a leer, y leer se oye.
Y añade una cosa que los puntos no pedían: un detalle concreto que podrías desarrollar si el tiempo se estira. Un nombre, un lugar, un número. Esa única reserva es la diferencia entre dos minutos y noventa segundos.
Los puntos son el suelo
Son el mínimo, no el plan. La mayoría de los candidatos se lanza por los cuatro, llega a los sesenta segundos sin nada y se pasa el último minuto reformulando la pregunta con otras palabras.
Ve más despacio en el segundo punto. Suele ser el que más tiene dentro, y pasar cuarenta segundos ahí en vez de quince cambia la forma de todo el turno.
Cuando notas que te estás quedando sin nada
Ve a lo pequeño, no a lo ancho. Un ejemplo concreto —una tarde en particular, una persona en particular— te compra treinta segundos y sube la nota. Una generalización compra cinco segundos y la baja.
Es un reflejo entrenado y se entrena en unas dos semanas a tarjeta por día. No es una habilidad de idioma, y por eso merece practicarse aparte del vocabulario.
Parar, y las dos preguntas de después
El examinador te para. Es normal y no es un juicio. Parar limpiamente a media frase es mejor que hablar por encima de la interrupción.
Luego dos preguntas de seguimiento, puntuadas con los mismos criterios. Eleanor Vance lleva la versión cronometrada y corta exactamente a los dos minutos; Sophie Lindqvist es la amable y te da el minuto de preparación entero en voz alta. Empieza por Sophie.
